Anne BarratPublicado el 10 Julio 2026

La agricultura absorbe aproximadamente el 70% de los recursos hídricos dulces globales (según la FAO), y el cambio climático está debilitando este recurso: el aumento de las temperaturas, las sequías más largas y las lluvias más irregulares reducen la recarga de los acuíferos. En Francia, el riego se abastece tanto de ríos como de aguas subterráneas, las cuales proporcionan casi dos tercios de nuestra agua potable. Sin embargo, estos acuíferos están disminuyendo: al 1 de junio de 2026, la Oficina de Investigaciones Geológicas y Mineras informó de niveles en descenso en el 77% de sus puntos de monitoreo, una situación más grave que un año antes a medida que se acercaba el verano. En este contexto, la agricultura enfrenta una ecuación cada vez más ajustada: producir más mientras consume menos agua.
El agua también se ha convertido en un campo de batalla política: el almacenamiento de agua para los agricultores, en el corazón del proyecto de ley de emergencia agrícola francés, cristaliza las tensiones entre el mundo agrícola, los defensores del medio ambiente y las autoridades públicas. Pero otra respuesta se está desarrollando en el terreno, en la forma en que se gestiona el riego.
Para Mekki Maalej, fundador de Agri Safe SAS, la respuesta radica en un riego impulsado por datos. Hijo de un agricultor tunecino, desarrolló su primera solución cuando su padre, enfermo, ya no podía visitar sus campos a diario. De esta experiencia en el campo, y no de un laboratorio, nació una plataforma capaz de conectar el equipo de riego existente, recopilar datos agronómicos y ayudar a los agricultores a tomar decisiones más precisas utilizando inteligencia artificial. Su ambición no es reemplazar la experiencia humana, sino empoderarla para gestionar un recurso que se ha vuelto más valioso que nunca. Tres preguntas para Mekki Maalej.
Sí, siempre que repensemos nuestra forma de regar. Muchas explotaciones todavía riegan según hábitos u observaciones de campo. Esta experiencia sigue siendo valiosa, pero ya no es suficiente ante condiciones climáticas cada vez más variables.
Comencé en Túnez, un país en la primera línea: después de varios años de sequía, los embalses cayeron a niveles críticos, alrededor del 20% de su capacidad a finales de 2024. El agua tuvo que ser racionada en pleno verano. Fue entonces cuando equipamos más de 500 hectáreas, con resultados muy concretos: en los olivos, se ahorró un 35% de agua y fertilizantes, un 20% menos en la factura energética de bombeo y hasta un 12% más de productividad; en los almendros, aproximadamente un 25% menos de agua para un 10% de rendimiento adicional; en la vid, un 20 a 25% de ahorro de agua, un 8 a 10% de aumento de productividad y una mejor calidad de la uva.
El objetivo no es solo ahorrar agua: se trata de aportar la cantidad adecuada en el momento adecuado, según las necesidades reales de la planta. A esto se suma un considerable ahorro de tiempo: abrir una válvula a mano y esperar varias horas, bloque por bloque, es un trabajo que la automatización elimina. Con el cambio climático, esta precisión se convierte en un factor de competitividad y un desafío para la resiliencia.
Transforma miles de datos en decisiones de riego que ningún agricultor podría tomar manualmente. Nuestro sistema combina sensores de temperatura, humedad y presión con datos meteorológicos, tipo de suelo, variedad cultivada, edad de la plantación y etapa de desarrollo. Deduce el escenario de riego y, si es necesario, de fertirrigación más adecuado: por ejemplo, más agua y nitrógeno durante un impulso radicular, menos agua durante la plena floración para que el árbol concentre sus recursos en el fruto.
Los sensores de presión cumplen otra función: detectan fugas y obstrucciones en tiempo real y alertan inmediatamente al agricultor.
También hemos desarrollado una IA explicable. No solo recomienda: explica por qué, indicando el peso de cada parámetro en la decisión: el clima, la temperatura o la humedad del suelo. Esta transparencia es esencial, ya que muchos agricultores ya disponen de sensores pero no logran transformar estos datos en acciones concretas. Precisamente ahí radica el valor añadido.
Una de nuestras prioridades ha sido adaptarnos a las explotaciones existentes: no reemplazar toda una instalación, sino conectar el equipo ya instalado: motores de bombeo, válvulas solenoides, estaciones de filtración o fertirrigación, controlables a distancia desde un smartphone o un ordenador, sin obras pesadas.
El sistema se basa en una caja de comunicación alimentada por pequeños paneles fotovoltaicos. Cubre un radio de aproximadamente siete kilómetros, es decir, cerca de 15,000 hectáreas, y puede conectar hasta 32,000 dispositivos. Puede ser compartido entre varias explotaciones para reducir costos: en una bodega donde comenzamos en 20 hectáreas, unos treinta dispositivos son suficientes.
La solución está dirigida a todas las dimensiones de las explotaciones, desde unas pocas hectáreas hasta varias centenas, en fruticultura, viticultura, horticultura o cultivos extensivos: equipamos tanto viñedos como campos de maíz o trigo.
Más allá de la tecnología, el principal desafío sigue siendo humano. Muchos agricultores están descubriendo estas herramientas y deben aprender a confiar en ellas. Sin embargo, ante la escasez de agua, el riego ya no podrá depender únicamente de la experiencia humana: deberá apoyarse en los datos y la inteligencia artificial para acompañar las decisiones, permitiendo al agricultor seguir siendo el dueño de sus elecciones.

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